Blog de Psicología y Psicoterapia: El odio es una emoción inútil

Tanto la inmensa mayoría de religiones, como la de filosofías no espirituales, coinciden en señalar al como un pecado o una maligna, bien por contradecir los mandatos de los Dioses o por no traer más que calamidades ala Tierra.Sinembargo, y a pesar de esta omnipresente advertencia, tanto en creencias religiosas como en reflexiones ateas o agnósticas, pocas veces advertimos al como lo que es: Un parásito emocional que se alimenta de nuestra energía para engordar a nuestra costa y que, en el mejor de los casos, es completamente inútil para hacernos más felices o menos desgraciad@s.

Y es ésta precisamente la reflexión que motiva este post: Que el odio -incluso dejando a un lado mandatos religiosos, posiciones éticas, morales o sociales- es en la práctica una emoción inútil. Ineficaz. Siendo fríamente pragmátic@s podemos decir, sin temor a equivocarnos, que sentir odio no nos dará ningún rendimiento tangible, lo cual no quiere decir que no sea normal y humano experimentarlo en ciertos momentos. 

En realidad, tod@s somos human@s y no podemos pretender comportarnos como Ángeles, Sant@s o Lamas tibetanos: Así que, siendo realistas, es más que probable que en algún momento, cualquiera de nosotr@s, sienta una profunda rabia hacia algo o alguien. Bien. De acuerdo. Lo asumimos: Somos personas y tenemos reacciones emocionales de personas. Y el odio es una emoción humana, así que, ¿qué le vamos a hacer? Lo aceptamos. La cuestión es que una vez que lo detectamos en nuestra cabeza o en nuestras tripas, deberíamos hacer lo posible por escapar de él como huiríamos de una sanguijuela.

Y es que, una vez aceptado que es humano sentir odio hacia algo o alguien en alguna ocasión, tocaría preguntarse: ¿Y esto para qué sirve? ¿Para qué sirve el odio que siento hacia fulan@? ¿Para qué me sirve a mí odiar a fulano? ¿Qué me aporta y qué me quita? Y aquí llega la cuestión clave de todo esto, porque, por mucho que usted odie a alguien, ese alguien seguirá con su vida tan tranquil@, mientras usted se consume por dentro.

Y no es que sentir odio sea precisamente una emoción agradable de experimentar. Si lo fuera, alguien todavía podría alegar que aunque sea inútil resulta sumamente agradable. Pero no lo es: Es una emoción violenta, que nos roba la paz y la capacidad de disfrutar de nada más. Sentir odio es como sufrir una úlcera: Resulta imposible concentrarse en nada bueno, resulta imposible experimentar nada que no sea el retorcerse de nuestro estómago, hasta que nos tomamos el antiácido y el dolor va cediendo. Entonces sí, una vez conseguida la paz, ya podemos continuar con nuestra vida y disfrutar de las cosas que nos gustan.

Pues aquí está la paradoja del odio: El odio es una emoción que nos hace sentirnos enfermos, porque deseamos que a algo o a alguien le sucedan cosas malas… mientras ese algo o alguien vive a salvo de nuestra furia y somos nosotr@s quienes experimentamos el mal. Bueno, esto salvo que usted le lastime de alguna forma –en cuyo caso ya estaríamos hablando de otra cosa- o que crea en la capacidad de generar el mal a los demás a través del pensamiento.  

En fin, un buen día usted va con su coche y otro automóvil le corta el paso peligrosamente, se cuela ante usted poniéndole en peligro y, no satisfecho con ello, ve a su conductor extendiendo el dedo anular al otro lado de la ventanilla, en señal de poco cortés saludo. Usted, presa de una justificada indignación, chilla y toca el claxón y nota cómo se le acelera el pulso y siente rabia y odio y desea que le sucedan toda clase de calamidades innombrales… Y pasan dos horas y cada vez que se acuerda de ese tipo, siente una oleada de calor subiéndole al rostro y vuelve a sentir una violenta emoción… Y por la noche todavía se siente mal: Siente rabia, impotencia y es incapaz de disfrutar de la cena, ni del libro que está leyendo, ni de estar en casa con su familia, ni de nada.

No es que no sea humano sentirse así, pero si pensamos de una manera fundamentalmente práctica, es usted quien no consigue disfrutar de la cena mientras que el objeto de su odio –ese tipo– sigue por ahí, sin acordarse de usted, levantando con alegría el dedo anular en señal de saludo.

Concluyendo: El odio, en el peor de los casos, puede llevarnos a cometer actos reprochables, malvados u horrendos sobre los demás; y en el mejor de los casos… Será usted el único o la única que sufra sus consecuencias. Total: Humano, pero nada aconsejable y completamente inútil.

 Ciurana. Psicólogo y Colaborador de Despierta Terapias.

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